martes, junio 28, 2005

CUENTOS DE INVIERNO

Terry

Eramos un trío de amigas unidas hasta el rímel: Andrea, Claudia y yo Isabela, pasábamos la vida fumando a la salida del colegio, y soñando con vivir todas juntas en un departamento a los 25, solteras, profesionales, exitosas y estupendas, sin espinillas y sin restricciones. Cada una marcada por la insufrible desgracia de un gran amor no correspondido (de preferencia veraniego), pegado con scotch en la agenda Click, junto a listas eternas de minos atracados en las fiestas de colegio. Un listado de Cristianes y Rodrigos sin teléfonos ni esperanzas, que se inscribían como trofeos de guerreras en las clases de biología. A pesar de eso, la ilusión de encontrar al hombre perfecto entre esa maraña espinillienta de adolescentes bailando "I'm too sexy for my love", hacía que nuestros ojitos brillaran cada sábado, debajo de la tonelada de maquillaje ochentero.

Esa noche de Octubre sin duda fue muy especial. Desde temprano, corría un brisa tibia, aromatizada por los ciruelos en flor y los miles de aromos que llenaban los faldeos del cerro San Cristóbal. Era la ocasión precisa para estrenar la colección primavera verano, que ese año se caracterizaba por un look inocente, de campesina de la Provence, pero con escotes del Moulan Rouge. Llegamos al evento a las 9:30 en punto, traídas gentilmente por el papá de Claudia, el preferido de todas, porque siempre nos iba a buscar a las 2 y a veces, esperaba hasta las 2:30. Como de costumbre, nos instalamos en un lugar panorámico en donde manejábamos la situación completamente.

- Como dirían las putas, la noche esta harto lenta- masculló Andrea, mientras intentaba desbordar sus pechugas inexistentes en el corpiño de encajes.

Claudia le siguió el juego acomodándose los churrines mientras pasaba lista:
-A ver, a ver... mucho mino rico pero con polola, harto feo abandonado y definitivamente demasiado baboso repetido- sentenció, sacando risas y hasta aplausos entre la concurrencia femenina.

Mientas mis amigas coronaban su actuación con risotadas que se escuchaban por todo el patio del colegio, la atmósfera cambió radicalmente cuando la noche se iluminó con la última canción de Roxette y él brilló entre los demás. No era muy alto, pero sus facciones eran perfectas: nariz respingada, boca carnosa y ojos de ventana, como los de Terry, el galán de Candy Candy, enmarcados en un corte de pelo new wave. Vestido de riguroso negro, sus bototos militares hacían juego con su chaqueta verde musgo y su mochila con tiritas, como las que usaban los alternativos de la época. Parecía un espejismo entre todos los perdedores. Cuando aún no lograba despertar de esta ensoñación, él me sacó a bailar. Mientras me sonreía, no podía convencerme que este bombón hecho a mano, bailara tan bien y además me haya elegido a mi entre todas, a la soñadora, a la que inventaba historias y romances, a la que nunca había pololeado, a la que tenía apenas dos minos en la lista de la agenda, a la que ni siquiera había dado nunca un beso como la gente. Sabía que mis amigas miraban con un poco de envidia este momento, aunque en sus caras se notaba que estaban felices con mi suerte, mal que mal, a mi también tenía que tocarme alguna vez ser la princesa del baile.

Fue la noche más mágica de toda mi vida. A metros se lograba percibir la química perfecta entre nosotros, esa sensación en el aire de calentura, pero que en esa época, apenas se vislumbraba como amor a primera vista.

"Un cruce cósmico de almas deseosas de lograr abandonar el vacío de la soledad". Eso fue lo que escribí en mi agenda antes de dormirme con una sonrisa imborrable en mis labios.

Normalmente, en las fiestas nos quedábamos siempre cerca una de la otra, por lo que siempre éramos testigos oculares del atraque, sello inequívoco del triunfo. Pero como decidí que era mi noche, me aparte lo más posible de ellas, para conservar el momento sólo para mi. Por eso, aquel lunes por la mañana, no paré de hablar de todo lo acontecido, resaltando cada detalle con suspiros y grititos histéricos de mis inseparables compañeras.

¡Gallas!, - les contaba entusiasmadísima y casi verborreica- me invitó una bebida y cuando nos sentamos en la banca, puso su chaqueta para que no nos ensuciáramos con polvo...le encanta el cine arte, quiere estudiar Arquitectura y se lleva increíble con su mamá, sus primos... no me habló de su papá, pero debe ser igual de dije... estoy tan enamorada chiquillas y ¡ahora es real y para siempre!

Como nunca lo volví a afirmar en mi vida, él era realmente el hombre perfecto.
-conversamos tanto, me entiende tanto, sus opiniones sobre la vida son tan certeras, es tan maduro, Sin duda era el hombre de todos los "tanes" y quiere estar conmigo...conmigo!!!

-¿bueno, bueno, pero y el beso?- interrumpió Claudia sin rodeos

-No quiso que fuéramos tan rápido- respondí aún más extasiada, Terry cree que a las mujeres hay que respetarlas y que tenemos que conocernos mejor, antes de embarcarnos en algo más serio...quiere estar seguro, cachai?-

-Se llama Terry? ¡saaalta! ya poh! Cómo se llama?- fue el turno de Andrea.

-No sé...es que me gustó decirle Terry y él se sintió halagado...a mi me dice Candy ¿qué tierno, verdad?-
A pesar de los angelitos a poto pelado que me disparaban flechas, en ese momento me arrepentí un poco de haberles dicho lo de "Terry y Candy", porque igual sentía que era un poco ganso. Por eso suspiré aliviada cuando mis yuntas aprobaron los sobrenombres.

-¡Grosso!- suspiraron las dos al unísono

Pasaban los días y los helados, las idas al cine y los paseos por el parque, pero nada de besos, nada de nada. Aunque al principio sentí que la abstinencia era demasiado romántica, al cabo de un par de meses, comencé a desesperarse, porque mis amigas ya me molestaban un poco, llamándome "Sor Isabela" o peor aún "Cartuchabela". Una tarde en el Parque, tomé el toro por las astas e intenté darle un beso. Él, sorprendido, me propuso que fuéramos amigos, que aún no era el tiempo, que él tenía que estar bien seguro... conocerme mejor...¡las pelotas!

Después de ese bochornoso incidente, me sentí como un gusano rastrero y humillado y dejé de verlo por un par de días. En mi cama, abrazada al chanchito de peluche que me había regalado, comencé a sospechar que Terry tenía otra. Luego de una reunión grupal, decidimos que, para que las cosas funcionasen como en un cuento de hadas, era vital obtener información en el colegio de hombres. Un buen amigo, que por un par de cigarros siempre abriera el tarro. El "sanguchito de palta" fue el encargado de "quebrar la inocencia de la princesa encantada", o literalmente, dejar la cagada, cuando le pregunté descuidadamente por qué mi principito no quería nada conmigo.

-¿Terry?, oye loca, no hay ningún huevón con un nombre tan fleto... ¡apellido o nada!- el informante estaba un poco inquieto.
-Marchant, sí Marchant es el apellido... pero ¿por qué ponís esa cara? Ya suéltala no más sanguchito...habla hasta que duela-

-Gabriel Marchant es el maricón más fleto del colegio- redundó sanguchito, aún impresionado. Ese marica se pasea en el recreo como pavo real con su séquito, los del grupo de teatro, usando ojos de colores, reclutando a algunos nerds y haciendo que hasta los más machos del colegio, bajen la escala con el culo contra la pared- desparramó el sanguchito sin anestesia.

-Cuéntame más- supliqué en un acto masoquista al chancho.

-Bueno- prosiguió embelesado, esos mismos maracos, jactándose de su condición, para la fiesta de aniversario, le ganaron a mi alianza Verde que imitaba a los New Kids on The Block con una imitación descollante de los Locomía, digna de una Noche de Divas en la Fausto... ¿cachaí la Fausto Isabela? es una disco gay... ese es el Fleto Marchant poh!.

Yo ya no estaba escuchando, sólo sentía que me estaba convirtiendo en protozoo, en ameba, en nada...

-Isabela... ¿qué ahora te gustan los fletos?- de pronto volví en mi por dos segundos sólo para escuchar la sentencia.

-Mejor tíñete rubia si lo querís conquistar, mira que la Marchant es fanática de la Madonna.

Cuando hay otra mujer se puede competir, se puede ganar una batalla, aunque sea una mísera batalla- lloriqueó Claudia, abrazándome mientras corrían lágrimas de sangre por las mejillas de todas.

"Pero pelear por un hombre con otro cuando tienes 15 es algo que ni siquiera acabas de entender. Porque en los colegios de hombres se nota altiro, pero nosotras ni nos imaginábamos cómo se veía alguien que le gustara el mismo sexo, cuando el referente gay más cercano es el chalo, mi peluquero confidente o esos degenerados que se tiran a los cabros chicos. No hay término medio. Y no hay consuelo, porque ya no puedo conquistarlo, porque él quería que fuerámos amigas, de esas amigas del alma que uno siempre quiso tener, de igual a igual, de mujer a mujer."

Cuando terminé de leer en voz alta aquellas frases escritas en mi agenda di por cerrado el capítulo. Durante mucho tiempo, mis amigas no tocaron el tema, aunque en el anuario de cuarto medio, quisieron hacerle un homenaje a la historia que a esas alturas, ya era tragicómica.

Nombre: Isabela Santa María
Sobrenombre: la Madonna Chilena
Frase Típica: ¿será gay?
Regalo Util: Un detector de fletos

Hace unos años, Me encontré con la verdadera pareja de Terry en esos tiempos colegiales, José Luis. Estaba trabajando en un videoclub y seguía con sus lentes de contacto turquesa, pero su imagen ya era más cercana a la de mi estilista. Me contó que el "susodicho" había entrado a la escuela militar, pero después de un año se retiró y se fue a Barcelona a estudiar algo, no sabía bien qué. Con esa confianza cómplice de maricón abandonado, me confesó además que le escribió un par de veces y después desapareció, dejándola (LO) con la maleta hecha. Supo por otro amigo del ambiente, que se había ido a vivir con un viejo catalán de mucha plata que conoció en Canarias.

Con rabia me dijo que no creía que Terry fuera feliz. Con esa misma rabia y despecho que tuve yo hace tanto tiempo. Con esa mirada típica de las minas despreciadas.

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